Thursday, August 22, 2013

El universo me da una de cal y otra de arena. No sé cual es la buena.


Llevaba ya varios días llorando en mi casa porque la ciudad estaba muerta.
Me asomaba por la ventana y me saludaban las plantas rodadoras del desierto... Engullía helado sumida en una profunda depresión mientras recordaba tiempos mejores, tiempos en los que estaba viendo mundo en vez de sentada en el sofá de mi casa.
Y entonces ocurrió... dí pena. 

Tanta fue la pena que dí, que mis amigos decidieron enfundarse en sus mejores mallas e invitarme a la aventura. Por caminos desconocidos para mí y montados en nuestras flamantes bicis, recorríamos la ciudad como los niños de verano azul. 

La ciudad terminó y empezó la verdadera ruta, una ruta hecha por el mismísimo Satanás... 
El camino estaba lleno de pedruscos, montículos, agujeros y, para dar emoción, enormes excrementos de caballo o Gozdilla, no sé sabe aun. 
Los señores Marciel y Pablo (que claramente habían ingerido sustancias dopantes), iban en cabeza, levantando una peligrosa polvareda (que nos hizo pensar que nos habíamos puesto morenos hasta que nos duchamos...) que secaba nuestras bocas, bocas que por otro lado no podrían ser aliviadas puesto que lo que un día fue agua fresquita se había convertido en babas. 
A nuestro regreso, el temerario David decidió pararse delante de un aspersor ocasionando con ello un accidente múltiple que pudo haber sido mortal, pero solo hubo un herida leve, yo. 
Más tarde el universo se la devolvió sacandole la cadena de su sitio.
Yo avisé, nadie quiso escucharme... David se quedó atrás sufriendo. 

Un millón de horas después nos separamos, volvía a casa hablando por teléfono... error. Nunca habléis por teléfono en bici y si lo hacéis, aseguraos de tener la mano correcta en el freno correcto... Mi caso fue distinto, lo de antes me pareció poca aventura y quise volar. Lo logré. 
Pensé seriamente en abandonar mi cuerpo a mitad de camino y que ya me recogería alguien, pero el terror de pensar que las cucarachas acechaban  me hizo coger fuerzas y llegar. 
Los señores que me engendraron estaba por ahí en la fiesta de un pueblo y yo tenía un agujero en la pierna... pero era feliz. 

Pensé que mi felicidad no duraría, que mis amigos volverían a encerrarse en sus casas, a quedar con sus parejas... pero no fue así, me hicieron feliz un día más... y fuimos a jugar a los bolos. 
Aquí introduzco una advertencia: Por favor, no os fiéis jamás de la palabra de un tal Jesus Petite porque miente más que los mayas. Es un tipo muy peligroso.

Las ganas de morir se iban desvaneciendo... pero hoy han vuelto. 
Han vuelto porque el universo ha decidido que no debía salir de casa y me ha mandado su decisión en forma de terribles dolores de mujer. Terribles de llorar..






No comments:

Post a Comment