Tuesday, January 21, 2014

Como el cuento del legislador borracho...


Época de exámenes... maravillosa. Las bibliotecas se convierten en campos de cerebros en flor...
Al principio todo es muy bonito... tienes el rotulador amarillo entero, los apuntes vírgenes y el cerebro dispuesto a colaborar.

Pero todo es efímero.

Ese rotulador amarillo, cansado de subrayar cosas que no son importantes, te abandona... sabes que subrayar con otro color ya no será igual, pero no hay que rendirse.
Los apuntes, antes impolutos, tienen ahora el aspecto de Sid Vicious...
Te miras al espejo y te preguntas quien esa extraña con las cejas sin hacer y el moño permanente, y te deprimes, te deprimes porque no solo eres bastante fea por fuera, si no que tu estómago quiere morir a causa de tanta bebida energética barata y gominolas.

Ahora que todo eso es una realidad, empieza la crisis cerebral. A la depresión se suma la presión del tiempo, el quiero y no puedo... el cerebro se ha cansado, ya no quiere estudiar más. Juega contigo, te dice: Pasa de esa pregunta, que no es importante. Y entra. Te hace creer que son las 6 de la mañana y podrás dormir un par de horas antes del examen... pero no, resulta que solo estas a media hora del examen.
¿La vida es hermosa?

La concentración a veces hay que buscarla, y a veces se esconde en la biblioteca... Yo fui a buscarla.
Era un día como otro cualquiera, iba desgañitandome con Mónica Naranjo en la radio y la niña de ojos de mar en el asiento del copiloto.
Íbamos a la biblioteca muy pronto porque nos sentíamos muy aplicadas y tras tocar 22 picaportes, una puerta se abrió. Estaba el aula en soledad, muy bien, entramos y desplegamos el campamento..
Tras media hora el asunto empieza a ser extraño... unas gentes nos miran desde la ventana y se ríen.
Bueno, no es la primera vez...
Entonces un señor con bigote y gafas entra con toda su cara de profesor, había un examen.
Yo no sabía si quedarme allí y hacer el examen ese de química o lo que fuera, fingir que no estaba allí o salir corriendo por la otra puerta.
Huimos como villanas con los apuntes en la cara.

Lo malo de ir a las bibliotecas es que puedes hacer el ridículo muy fácilmente... tirando la bebida, tropenzandote con un cable, abriendo la puerta del revés... o equivocándote de clase.

Y desde aquí quiero reclamar al universo que si renuncio a ser una persona físicamente decente es porque quiero que mi mejor amigo, el cerebro, vuelva a mi lado.


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