Wednesday, July 23, 2014

El castigo de volver


Como el cine me ha enseñado, uno puede empezar a contar las historias por donde le apetece.. así que empezaré la mía por el final.. 

Volvíamos a casa en autobús.. ¿De donde? Bueno... eso da igual, pero volvíamos.
Me dolían los oídos como si llevara una aguja de ganchillo atravesándome la cabeza, mi nariz era una fábrica de mocos con exceso de producción, la cabeza me pesaba como si fuera de otro y notaba mi cerebro expandirse intentando salir del cráneo.. mi única petición al universo era poder dormir y hacer que el viaje se pasara cortito. 

La cosa ya pintaba mal.. pero entonces vi el asiento del autobús... los problemas empezaron cuando no podía encontrar el reposabrazos. La niña de nombre comestible me ayudó y conseguimos encontrarlos, pero eran reposabrazos de juguete para brazos de bebé.. 
Más tarde me di cuenta de que, a pesar de ser una persona de estatura pequeña, el hueco entre asiento y asiento no era suficiente para mis piernas...

Pensé en echar el asiento para atrás pero tenía una persona sentada detrás y decidí aguantarme por su bien... claro que el mundo pocas veces es justo y la señora sentada delante de mí no pensó lo mismo. 
La corpulenta señora accionó la palanca del asiento, pero no un poco, no... hasta atrás. 
Derrepente tenía la cabeza de la señora en mi cara y el resto de su cuerpo encima de mis piernas.. ¿Porqué tanto castigo? 

Pensé como devolver a la señora a su asiento original... me aconsejaron el uso de la violencia pero me gusta ser más sutil. 
Me concentré y ocurrió el milagro... le di pena al universo y llamó a la señora por teléfono. Ésta se agachó a rebuscar entre su bolso mientras sonaba una bachata de politono y entonces vi una oportunidad de vencer.. mi rodilla entró en acción, suavecito suavecito empujó el asiento hacía delante... un poco, y otro poco.. y finalmente lo logramos. El asiento se encontraba en su posición recta y nunca más volvería a ser bajado. 
Mi rodilla y yo elaboramos un plan... ella se quedaría ejerciendo presión sobre el asiento y yo me haría la dormida. Funcionó. 
La señora corpulenta ejercía una fuerza de muchos kilojulios con el simple acto de estar sentada pero no volvió a accionar la palanca del mal. 

Lo feo vino después, cuando pisé el suelo de la estación y me di cuenta de que había vuelto a casa.

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